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La seguridad alimentaria en la encrucijada: ¿modelo agotado o sostenible?

Lee el artículo resumido publicado originalmente en inglés en ARC2020 y en español en Agencia EFE. Escrito por: Alberto Díaz de la Asociación Nacional por la Defensa de los Animales; Alberto Navarro del Foro de Redes y Entidades de Custodia del Territorio; María Turiño de la Fundación Entretantos; Vanessa Sanchez de la Fundación Global Nature; Ricardo Aliod de la Fundación Nueva Cultura del Agua (FNCA); María Pía Sánchez de Ganaderas en Red; Paola Hernández de Mensa Cívica; y Aina Calafat de la Sociedad Española de Agricultura Ecológica (SEAE). Entidades socias y amigas de la Coalición Por Otra PAC.


Introducción

Debido a los grandes impactos sociales y ambientales de la agricultura y ganadería industriales, la nueva Política Agraria Común (PAC) (2023-27) ha introducido algunas tímidas reformas, en el sentido de aminorarlos, en línea con el Pacto Verde Europeo (PVE) y su Estrategia de la Granja a la Mesa. A modo de ejemplo, obliga a los gobiernos a reducir a la mitad el uso de pesticidas en la agricultura para 2030, o fomenta la fertilidad natural del suelo mediante barbechos y rotación de cultivos.


Sin embargo, estamos asistiendo con estupefacción al bochorno de ver cómo ante la propuesta de Reglamento sobre el uso sostenible de plaguicidas (la primera norma vinculante que surge del PVE) el ministro Luis Planas cuestiona la obligación de reducir el uso del 50% de pesticidas, y la propia Dirección General de Agricultura y Desarrollo Rural de la Comisión Europea reconoce que se ha abierto un debate sobre postergar los plazos de su aplicación. También el nuevo reglamento de la PAC retrasa la entrada en funcionamiento de la obligación de la rotación de cultivos y el mantenimiento de barbechos, por lo menos hasta 2024. Todo ello acompañado con declaraciones de regocijo del lobby agroindustrial, y del propio Comisario de Agricultura de la Comisión Europea, Janusz Wojciechowski, bajo el pretexto de compensar los efectos de disminución del suministro de cereales y del aumento de costes de fertilizantes y energía, debidos principalmente a la guerra en Ucrania. Ciertamente, la guerra en Ucrania ha sido el detonante que ha hecho aflorar, claramente, toda una serie de disfunciones, que venimos arrastrando por décadas. Sin embargo, no es la causante de las mismas.


En consecuencia, la nueva PAC, en lugar de mirar hacia el futuro, estimulando un cambio hacia estructuras agrarias más resilientes económicamente, a la par que más sostenibles, ecológicas, saludables y justas, que respondan a los desafíos sociales y medioambientales generados por el insostenible modelo actual, apuesta por una continuidad del sistema industrial e intensivo dominante. Eso sí, maquillado con supuestas mejoras y acompañado de retóricas que justifican el mantenimiento de modos de producción que ya se han demostrado inviables a medio y largo plazo.

Disfunciones emergentes

Actualmente, estamos asistiendo a evidentes manifestaciones de profundas distorsiones estructurales que se manifiestan en el clima, el modelo energético y el sistema alimentario, que vienen siendo advertidas y denunciadas por la ciencia y los movimientos sociales desde hace tiempo. Tampoco es casualidad que aparezcan simultáneamente, dado que están íntimamente acopladas. Veamos algunas de ellas.


Dependencia de recursos no renovables en declive

Europa, y el mundo que llamamos desarrollado, está dirigido por países altamente tecnificados, con modelos orientados a la maximización de la producción al menor coste económico posible, pero con un peligroso Talón de Aquiles: su ineficacia estructural, dado que para ello consume una enorme cantidad de recursos no renovables y en declive (suelo, materias primas, energía, etc.), que en muchos casos no se poseen, y que generan desechos de tal naturaleza y magnitud que el planeta no los puede asimilar.


Ingentes cantidades de recursos (fertilizantes, plaguicidas, plásticos, combustibles, electricidad) son empleados de forma masiva en la producción agropecuaria industrial, que sólo es posible en condiciones de precios de la energía artificialmente bajos, y con el apoyo de subvenciones que distorsionan la percepción de los costes reales de este tipo de producción alimentaria. Estas últimas, se vuelven perversas y fuerzan una espiral creciente de dependencia en los productores, sin ni siquiera evitar la subida del precio final de los alimentos. Si nuestros agricultores no pueden asumir sus costes de producción, imaginemos lo que sucede en países más pobres.


Ineficacia nutricional

La supuesta escasez de alimentos, se usa como una de las principales excusas para intensificar y expandir permanentemente los cultivos, pero los alimentos que se cultivan no se aprovechan de forma eficaz en el modelo alimentario europeo. Mientras que la ganadería extensiva aprovecha pastos y rastrojos que no entran en competencia con la alimentación humana, la sobredimensionada ganadería industrial consume enormes cantidades de piensos elaborados con valiosos cultivos y tierras que podrían ser empleadas en la alimentación humana directamente, con mejor rendimiento. Lo cual se aprecia al comprobar que un 68% de la producción de cereales en la Unión Europea tiene por objeto la alimentación animal, un 78% en el caso de España, principalmente para porcino y avicultura industrial (en torno a la mitad de la producción de carne en España se destina a la exportación).

Abundando en esta cuestión, según datos de Woods et al. (2010), la huella energética de la ingesta de proteínas mediante carne de vacuno o cerdo es 10 veces mayor que mediante leguminosas, y la huella de la ingesta de calorías hasta 20 veces superior que con cereales (Tabla 1).0


La huella en uso de agua para la misma ingesta de proteínas es 6 veces mayor en la carne respecto a las leguminosas, y hasta 20 veces si nos referimos al aporte de calorías, como se muestra en la Tabla 1. Si la huella hídrica proviene de agua azul (regadío) el alto nivel de las detracciones agrava las afecciones.


TABLA 1 Huella energética e hídrica del aporte de calorías y proteínas según el tipo de alimento.

Origen

kWh/kcal

kWh/100 gr proteína

m3 agua/kcal

m3 agua/100 gr proteína

Vacuno

3,3

3,2

10

11,2

Porcino

2,7

2,5

2,15

5,7

Cereal

0,16

0,5

0,51

2,1

Leguminosa

0,6

0,3

1,12

1,9

Soja

0,6

0,2

Fuente (Woods et al., 2010) y (waterfootprint.org)



Agotamiento y degradación de agua y suelo

Asimismo, se observan graves impactos en la disponibilidad y calidad del agua, y en la fertilidad y estado del suelo. La disponibilidad del agua está siendo mermada por el cambio climático antropogénico que incrementa la frecuencia e intensidad de las sequías, especialmente en la región mediterránea, y por el regadío en zonas áridas y con escasez de recursos hídricos. Al igual que en el caso de la producción cárnica industrial donde la mayor parte de la producción se destina a la exportación, las producciones agrícolas en regadío son netamente excedentarias. La agricultura superintensiva, tanto de regadío como de secano, así como la ganadería industrial generan notables afecciones negativas en la calidad del agua y el suelo por exceso de agroquímicos, fertilizantes y residuos, con serias repercusiones en el medio ambiente y la salud e incremento de la huella hídrica.


Desperdicio alimentario

En el informe de WWF “Driven to Waste” se estima que se pierden 1.200 millones de toneladas de alimentos en las granjas, durante y después de la cosecha, así como en su transporte y almacenamiento. Esto equivale al 15,3% del total de los alimentos producidos a nivel mundial. En el mismo informe, también se estima que la pérdida y el desperdicio total de alimentos, al incluir otras fases como la transformación y el consumo, supone un 40% de todos los alimentos producidos. Una cifra más alta en comparación con el 33% comúnmente citado en informes internacionales. El informe también señala que los aumentos detectados en las cantidades totales de alimentos perdidos y desperdiciados significan que la cantidad de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) generadas por los alimentos que no se consumen también aumenta, de un 8% en estimaciones anteriores a un 10%. Además, este incremento en el desperdicio y la pérdida de alimentos impulsa cambios de uso de la tierra y contribuye a la degradación ambiental de forma innecesaria.


Carencia de soberanía alimentaria

Se ha evidenciado la vulnerabilidad intrínseca de los modelos de monocultivo y globalización de la cadena alimentaria, que nos hace depender del transporte de alimentos e insumos de una punta a otra del planeta, flujos susceptibles de ser interrumpidos o penalizados por conflictos geopolíticos, plagas o incrementos en los costes del transporte. En sentido inverso, los propios exportadores se enfrentan a una deuda masiva, además de la inflación de los precios de los alimentos, y la crisis climática, que les hace caer en el círculo vicioso del endeudamiento, el cual alienta a los países a producir cultivos comerciales para la exportación a fin de generar divisas de intercambio, no alimentos para el consumo interno y, por tanto, se enfrenten a situaciones de inestabilidad alimentaria a nivel local y/o nacional.


Ultraprocesado y malnutrición

El ultraprocesado y sobreenvasado contribuyen al encarecimiento innecesario de los productos alimentarios y a la generación de mayores huellas climáticas y ecológicas y residuos. En este sentido, un reciente artículo destaca la enorme cantidad de energía utilizada en el proceso industrial de elaboración y envasado de alimentos, representando el 23 % del total de la energía usada en el sistema alimentario. A modo de ejemplo, en España, el 11 % en peso de los alimentos son envases de usar y tirar. Es más, la comida y las bebidas generan entre el 80 y el 90 % de residuos de envases, de los que tan sólo el 26% de ellos se recicla. La sobrealimentación en los países occidentales, y las dietas poco saludables derivan en problemas graves de salud: obesidad, y prevalencia de enfermedades crónicas, como diabetes, dolencias cardiovasculares, cáncer en el aparato digestivo, etc., con una explosión de cáncer colorrectal entre adultos jóvenes de países industrializados.


La respuesta de la UE como huida suicida hacia adelante: redoblando las apuestas más insostenibles

La emergencia indisimulable de los impactos negativos más obvios, cambio climático, escasez energética, contaminación ambiental, pérdida de biodiversidad, etc., han forzado en los últimos años, no sin pertinaz resistencia, a las instituciones y gobiernos a considerar en su agenda política el reconocimiento del problema y a formular reformas, generalmente con un alcance limitado y muy por debajo de la altura de los retos enfrentados.


Por ejemplo, en el diseño de la nueva PAC para el periodo 2023-2027 se incorporaron algunas medidas para mejorar la sostenibilidad de la producción agraria, que permiten introducir correcciones para una menor dependencia de fertilizantes, disminuir la contaminación difusa, recuperar la fertilidad natural del suelo y favorecer la biodiversidad.


Varias de estas medidas ambientales, como la rotación y diversificación en tierras de cultivo o la promoción de barbechos, se ha suspendido su aplicación durante 2023, sin un debate público, bajo la excusa de la necesidad de aumentar la producción debido a la guerra de Ucrania. Las medidas ambientales se presentan ahora como una amenaza, que hay que desactivar, en vez de como una contribución a las alternativas para la solución a los impactos y contradicciones irresolubles a las que los modelos agroindustriales dominantes nos conducen, como queda patente en la actual crisis.


Y lo peor es que las exenciones que se proponen, tampoco aportan mejoras a la situación.


Respecto a la exención de la rotación en tierras de cultivo. En primer lugar, hay que subrayar que es fundamental para el mantenimiento de la fertilidad del suelo a largo plazo, como así reconoce el mismo MAPA, la UE, la FAO, el IPCC y otras instituciones científicas. Es indispensable conservar el suelo para poder mantener a largo plazo la sostenibilidad de los agroecosistemas, al tratarse de un recurso no renovable y con gran potencial de almacenamiento de carbono.


Por otra parte, la bibliografía científica y la estadística agraria de la UE muestra que la rotación de cultivos en el cereal de secano en España aumenta las producciones. Así pues, la no aplicación de rotaciones es contraproducente y ahonda el desequilibrio nacional de cereales, forrajes y cultivos proteicos. No existen previsiones sobre las consecuencias en la producción y en el mercado respecto a las afecciones productivas esperadas, desglosadas por tipos de cultivos (proteicos, cereales, forrajeros, etc.) ni se ha justificado debidamente qué cultivos deberían ser objeto de intervenciones prioritarias. Por lo tanto, se incurre en riesgo de desequilibrio en el abastecimiento de materias primas según refleja la situación de los precios de las lonjas agrícolas.


Respecto a la exención que permitirá poder realizar siembras en los barbechos, la eliminación de las áreas dedicadas a elementos no productivos conlleva consecuencias ambientales, agronómicas y socioeconómicas negativas. El sector ganadero, claramente en perjudicado por la situación económica actual, sufrirá un nuevo revés con esta medida dado que muchos de los barbechos son pastoreados a diente, por lo que se prevé un aumento en la demanda de forrajes, y, en consecuencia, del precio de los piensos. Los elementos “no productivos” en barbecho aportan efectos agronómicos positivos en control de plagas, secuestro de carbono, polinización y regulación micro-climática. Así, la desaparición de estas infraestructuras ecológicas aumentará la intensidad del uso de insumos de fuentes fósiles a la vez que reduce la superficie disponible para el secuestro de carbono en suelo.


Y por último, pero no menos importante, estas derogaciones afectarán seriamente al conjunto de la biodiversidad agraria, ya en serio retroceso. Retroceso que se aprecia en el indicador de las aves vinculadas a los medios agrarios, cuyas poblaciones han descendido un 57% entre 1980 y 2020 en la UE.


La filosofía de las derogaciones avanza en la dirección contraria a los compromisos sobre el cambio climático (Acuerdo de París, Planes de adaptación europeos y nacionales) sin que se aumente la producción ni los rendimientos agrarios.


Adicionalmente, las derogaciones se pretenden justificar como una medida para resolver “el presente problema de seguridad alimentaria en el mundo”. En esta misma línea, se anticipa que Bruselas pretende autorizar transgénicos con el fin de “aumentar la producción a corto plazo en reacción a la situación de la agresión rusa contra Ucrania y la consecuencias de esta agresión“ y, para ello, lanzó en marzo un consulta pública amañada donde el 74% de los convocados fueron empresas de biotecnología y lobbies interesados en la desregulación de la introducción de organismos modificados genéticamente.


Si de solidaridad se trata, Greenpeace señala que Europa dedica nada menos que 162,5 millones de toneladas de cereales para alimentación animal frente a las 26 millones de toneladas de trigo que produce Ucrania. Aunque por efectos de la guerra su producción/exportación se hubiera reducido, en el caso más desfavorable a la mitad, bastaría una reducción del 8% en la producción animal estabulada en la UE, para liberar la superficie equivalente en cultivos para cereales, destinandolos a consumo humano directo de quienes más los necesitan. La ONU refleja que de el total de los fletes que desde Agosto hasta Noviembre 2022 han partido desde Ucrania, en el Mar Negro, cargados de grano, sólo el 3% han tenido como destino países con crisis alimentarias severas (Afganistán, Etiopia, Somalia, Kenia, Sudán y Yemen), mientras que a la UE han llegado el 48% barcos (a España e Italia el 25% a partes iguales), y a Turquía 32 %. En general, prima el transporte de semillas para pienso (76%) frente al trigo (16%).


No parece, pues, que se prioricen las necesidades de los países golpeados por la escasez de alimentos. Escasez en buena parte debida a las condiciones creadas por las contradicciones descritas del actual e insostenible modelo alimentario global. Estas disfunciones están siendo agravadas a causa del cambio climático, del que los países más industrializados son los principales responsables, y a su vez afectan más a los que menos responsabilidad tienen y más afectados por el hambre están.


Todos los indicios apuntan a que los modelos alimentario y energético dominantes se están encontrando cara a cara con el infranqueable muro de los límites del crecimiento, que ya fueron sentenciados por el Club de Roma en los años 70. Ahora, después de varias prórrogas, parece que la ejecución de tal veredicto nos alcanza inexorablemente, lo cual no cesa de provocar crecientes tensiones geopolíticas.


Ante la inminencia del agotamiento del modelo económico del capitalismo productivismo, los líderes europeos tendrían la responsabilidad de gobernar con sabiduría y prudencia. Pues bien, paradójicamente, en vez de pararse a reflexionar, y humildemente reconocer los errores pasados, para entre todos buscar vías alternativas, sus mediocres decisiones redoblan la apuesta suicida, y pretenden embestir con más fuerza el muro que se vislumbra al fondo del corredor, a ver si hay suerte y se derriba. Pero en este callejón sin salida en el que nos hallamos, el final está muy oscuro, y quizá no solo nos espere un muro sino un profundo pozo, en el que caer supone sufrir consecuencias inimaginables.

Propuestas

No existe una solución ni fácil ni sencilla a los complejos desajustes enunciados del sistema alimentario mundial, pero si queremos superar los problemas de fondoque se manifiestan, cada vez con mayor intensidad y frecuencia, y que pueden conducir a su derrumbe, se tiene que tomar conciencia acelerando la transición hacia otro tipo de modelos, en vez de retroceder ante cualquier contratiempo.


A corto plazo, es factible superar la coyuntura redirigiendo al menos el 10 % de la producción europea de cereales aptos para consumo humano, y que ahora se destinan a piensos, para compensar las posibles caídas de disponibilidad y evitar que el encarecimiento de los mismos prive de la alimentación básica a las poblaciones más desfavorecidas. Dado el porcentaje de las exportaciones mundiales de trigo de Ucrania (8,9%) y Rusia (14%) suman en conjunto un significativo 24% del total, hay que priorizar y facilitar su transporte hacia aquellas zonas que en la actual coyuntura dependan de las mismas, y derivarles donaciones de parte de nuestras importaciones, en caso necesario.

Además, las no pocas familias europeas que también padecen de pobreza, deben de ser ayudadas con mecanismos de apoyo a la renta o al consumo. Apoyos no basados en la caridad aleatoria, que les permitan enfrentar los incrementos de los precios en los alimentos básicos, y de otros muchos servicios fundamentales (por ejemplo, electricidad), cuyo bajo coste se daba por descontado.


Sin embargo, a medio y largo plazo, superar los problemas de fondo requiere un decidido y prolongado cambio de rumbo. Junto a cambios estructurales, debemos de plantear intervenciones a nivel de explotación, tanto para estabilizar el suministro de alimentos como para proteger los medios de vida de los/las agricultores/as, ganaderos/as, pastores/as, y pescadores/as.


El informe “Una Europa agroecológica en 2050‘ publicado por el Instituto de Desarrollo Sostenible y Relaciones Internacionales, demostraba cómo la agroecología puede alimentar a una población europea en crecimiento con una dieta saludable y sostenible. Tras este informe, le siguió otro estudio que mantiene que la agricultura agroecológica también puede contribuir a mantener el calentamiento global por debajo de 2 °C con una reducción del 47% en las emisiones de GEI agrícola y la eliminación de 380.000 toneladas de pesticidas por año de la agricultura europea, junto con los beneficios para la biodiversidad, la conservación y la salud humana.


Por supuesto, esta transición a la agroecología no es aislada, pues debería complementarse con cambios en la dieta, incluyendo el consumo de productos ecológicos de proximidad, para reducir movimientos de materias primas y favorecer los productos saludables, frescos y de temporada, poniendo fin a los alimentos ultra-procesados, aumentando en la alimentación la proporción de proteínas de origen vegetal, como las legumbres, y reduciendo las pérdidas y desperdicio alimentario.

Además, deben de fortalecerse las cadenas de producción y suministro de alimentos frente a las interrupciones de los eventos extremos que afectan a varias regiones, o a la misma región de manera secuencial, tal y como ha sucedido durante la pandemia de la COVID-19 y en la actualidad; así como reforzar la gobernanza de los sistemas alimentarios resilientes. La soberanía alimentaria de cada país o grupo de países próximos, debe estar garantizada sin dependencia de importaciones originadas a miles de km.


En esta transición hacia la agroecología, hay medidas que se deben ir implementando cuanto antes. No podemos aceptar las derogaciones planteadas con la excusa de la guerra de Ucrania, como se ha demostrado, por la sencilla razón de que no se conseguirá el efecto deseado. Ni siquiera los agricultores entienden este cambio de rumbo. Igual que no quemamos libros de la biblioteca nacional, para calentarnos, porque se trata de nuestro patrimonio cultural, no podemos permitir que se destruya nuestro Patrimonio Natural.


Confiamos en que las tremendas convulsiones que actualmente estamos experimentando en las bases de nuestros modelos productivos, se relajen y la paz llegue cuanto antes. Pero la actual situación de múltiples tensiones económicas y geopolíticas es una seria advertencia, y anticipo, de los riesgos de descomposición, y, en último extremo, colapso, que nos asaltarán de forma periódica y con intensidad creciente, si no actuamos con determinación y urgencia.


Es necesario diseñar y aplicar políticas de alcance global que miren más allá de la encrucijada, y que respondan a la emergencia climática y de biodiversidad, energética, alimentaria y social desencadenada. Estas políticas existen y son viables, sólo es cuestión de estar en disposición de dar el paso y acompasar nuestros sistemas productivos y modelos de vida a los límites que la sostenibilidad del planeta nos indica.





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